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Dándomelas de flâneur, en el Raval.- |
Flâneur. Caminante sin rumbo por la ciudad, por una ciudad que merezca la pena, pasear por las aristas de tu alma mientras tus ojos se llenan de Vida. Creo que no todo el mundo sirve para ser
flâneur. De entrada tienes que estar en la ciudad adecuada. No vale cualquier ciudad. Vale París, vale Évora, vale Barcelona. No vale Jaca, no vale Mansilla de las Mulas ni vale Guadalajara aunque siempre se puede intentar si no tienes otra cosa a mano. Quién sabe si valdría una Soria crepuscular y machadiana. Y si ya tienes la ciudad, no vale cualquier barrio. Vale Montparnasse, vale el Trastevere, vale la Alfama. Y tampoco vale cualquier melodía en tu cabeza como tampoco vale pensar en cualquier mujer, ni vale ir vestido de cualquier manera, ni tener cualquier fruslería ocupando tu mente. No. No todo el mundo sirve para
flâneur. Definitivamente. Ser
flâneur es una actitud. Además, cualquier día no es apto para un buen
flâneur. Uno no elige el día, que suele ser una mañana preferiblemente. Esa mañana tienes que estar solo, condición fundamental. Tampoco está mal madrugar un poco, no vaya a ser que te hayan abierto los bares y te eches a perder a las primeras de cambio. Una hora buena serían las nueve o diez de la mañana de un día laborable para los demás. Por supuesto, a estas alturas se comprenderá que para ser un buen
flâneur, tienes que haber vivido ya alguna pena dura, tienes que haber tenido tu puñado de alegrías y tu alma no debe ser gris ni indiferente. Lo más recomendable es que hayas muerto y resucitado un par de veces en tu Vida. Que ya no cumplas los cuarenta también ayuda. Que te hayas dado un baño de tumba -decía Neruda- hace no mucho. Que ese día no haga frío ni calor, ni que estés especialmente triste ni alegre. Ya he dicho que un buen
flâneur no elige el día, el día le elige a él, un barrio y una fracción del día te eligen de pronto, así, de vez en cuando. Y Ane trabajando al otro lado de la ciudad. Pero cuando te toca una mañana de
flâneur, lo sabes, claro. Así que te pones esa camisa rara, la americana de terciopelo y el sombrero. Y las Martens azules. Y sales sin tener la más remota idea de hacia dónde se dirigen tus pasos pero intuyendo que algo especial sucederá; sucederá todo y sucederá nada. Acabarás, por ejemplo, en el Raval despertón, de repartidores y suelo recién baldeado, de olor a pan sencillo recién hecho y prensa fresca. Y por allí caminas y no piensas en nada. Y ves rostros y colores y Vida. Y caminas. Entras en un café, entras en una librería. Haces como que quieres ligar, así... de lejos, como ya retirado, desentumeciendo el cómo era, con la chica de la tienda de ropa de segunda mano y ves a través del cristal a los secretas pidiendo la papela al Alí, que vende chocolate rico y que ya le tienen dicho que no lo quieren ver más por aquí. Cuando la mañana va tomando forma, a eso de las doce, te echas una cerveza con mucho giste, claro. Con una
bomba -patata y carne rebozada-, salsa picante a un lado. Y mandas un mensaje a Ane por si hay que comprar una sepia para el arroz en la Boquería a la vuelta. Y sigues caminando, y sigues viviendo y sigues amando, cavilando, soñando... Y piensas, de golpe, que un día todo se detendrá. Pero hasta entonces... ¿hay algo mejor que seguir caminando?